Reflexión sobre el “Epílogo histórico” en Puerca Tierra libro de John Berger
En este mundo actual en donde el capitalismo es el hombre de la bolsa y es al que todos los “pequeños” le tienen miedo. A través del epilogo histórico de John Berger podemos decir que se puede ver una víctima de ese monstruo que destruye todo lo que le molesta. Esta víctima es el campesinado y “a diferencia de cualquier otra clase trabajadora y explotada, el campesinado se ha mantenido siempre a sí mismo y esto lo hizo, en alguna medida, una clase aparte. En tanto produjo el excedente necesario, se le integró al sistema económico-histórico-cultural; como se procuró su propio sustento, sobrevivió en la frontera de tal sistema”, analiza Berger.
Parece evidente que el afán por la supervivencia familiar y la aceptación de la escasez e incertidumbre en el horizonte efímero, presente o futuro, han sido los ejes que han marcado y articulado la vida tradicional del campesinado hasta que el progreso rompe con las ataduras geográficas y económicas, y con el modelo temporal. Llega la modernización y con ella la mecanización, la fertilización, la estructuración, la intensificación, los nuevos cultivos industriales o comerciales, la emigración del campo a la ciudad. “La revolución y los adelantos científicos del siglo XIX ofrecieron al campesino tierras y una protección física que hasta entonces no había conocido, al mismo tiempo lo expusieron al capital y a la economía de mercado y hacia 1848 había comenzado el gran éxodo rural” con este análisis Berger luego de explicar un ejemplo de un pueblo francés concluye expresando que: “El pueblo abandonado ha sido casi siempre y lo es hoy con toda certeza una característica del medio rural, representa el escenario de los que no han sobrevivido”.
De esta forma el desarrollo de la sociedad presenta cambios en el hábitat rural. El agricultor deja de ser campesino y se convierte en productor, en población activa agraria del sector primario y en consumidor de los sectores secundario y terciario. La economía doméstica, se convierten en agroindustria. Sus horizontes históricos y económicos cambian radicalmente. Atrapado por la modernización, por el consumo de automóviles, viajes, electrodomésticos, televisión, etc. y por los procesos de urbanización, el campesino ha perdido su identidad y las raíces de su cultura, desintegrándose con ello la vida rural.
Se anuncia así el final del campesinado. Y no le falta razón a Berger que propugna esta tesis si contemplamos los numerosos pueblos abandonados, los escenarios rurales en los que la armonía del paisaje tradicional se ha cambiado en desorden de características urbanas.
Además tomándome el atrevimiento de alejarme de la idea central que expresa Berger también podemos decir que la imagen de lo rural ha dejado de asociarse o confundirse con lo agrícola y acoge ahora nuevas funciones y paisajes: residencial, turístico, artesanado renovado, industria especializada, y nuevos servicios.
Pero al mismo tiempo podemos decir que se intenta fortalecer la agricultura familiar como garantía y necesidad para que el abandono de una parte significativa del territorio no alcance costes sociales y ecológicos nuevos, aunque con el riesgo de concentrar la producción cada vez más en menor número de explotaciones, con dimensiones rentables y competitivas. Ello implicaría el abandono de los agricultores marginales a su suerte o a las subvenciones coyunturales. Es así como los capitalistas tienen que hacerse cargo sin lugar a dudas del siguiente epitafio que por sus maniobras le dedicaron a los trabajadores del campo: Aquí yacen aquellos que lucharon con tanto esfuerzo y durante tantas generaciones por ampliar el terrazgo cultivable y para acortar el descanso de la tierra. ¿¡Se merecen sufrir esto!? Aunque ya se sabe y es cuenta corriente, que todos los capitalistas son genocidas del pasado de todo aquello que tiene aspecto a historia o a museo. Además no pueden escuchar al mundo exterior, cuando grita porque está sufriendo y esto no es porque lleven a practica a uno de los “monos sabios” es porque solo escuchan los que le dice su ser interior, su ego, que la única palabra que les dice es: ¡Dinero! ¿Pero cuando entenderán esto los capitalistas?, seguramente que nunca porque la codicia siempre fue un pecado de libre circulación y el que más enceguece al hombre.
Así el campesino a lo largo de su historia y cada vez más, se encuentra desprotegido. Es de esta manera como empezaron ha desaparecer porque por falta de seguridad o extrema necesidad, se veían forzados a abandonar el pueblo para convertirse en asalariados. La postal del medio rural heredada de tiempos pasados se ha roto, demográfica, territorial y geográficamente. En algunos casos incluso se puede decir que ha desaparecido de manera rápida, devorada por los procesos periurbanos; en otros se han borrado sus raíces fundacionales, al abandonarse los aprovechamientos de la tierra y los asentamientos que venían de generaciones anteriores. La transformación es evidente por doquier. El triunfo de los procesos de polarización y de esparcimiento urbano han marcado profundas heridas y cicatrices en los medios rurales más próximos y también en los más alejados.
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